jueves, 21 de junio de 2018

¡¡ADELANTO EXCLUSIVO!!


AL RESCATE DEL AMOR
Isabella Abad, 2018

PRÓLOGO.

La noche es inmensa, profunda e insondable, solo iluminada por el fragor de truenos, relámpagos y centellas que se descargan sobre el mar embravecido, cada vez más alterado.
 La gran embarcación se sacude y salta sobre el oleaje con un crepitar de maderas, rodar de toneles y volar de cuerdas. Los hombres gritan y ajustan las velas intentando ganarle a la Naturaleza que se muestra con toda su potencia destructiva.
El capitán sujeta fuertemente el timón, procurando mantener la ruta del viaje, pero la fuerza terrible del viento cruzado no ayuda. La inquietud le gana cada vez más; estas aguas del sur son traicioneras y engañosas cuando están en calma y esconden trampas rocosas, más aún cuando se navega en tormenta y casi a ciegas.
De pronto, uno de los rayos viborea y zigzagueando veloz impacta con mayúsculo estruendo sobre el palo mayor, desatando el fuego que envuelve desde arriba la embarcación, amén del impacto sonoro y físico en quienes estaban cerca. La situación se vuelve más y más desesperada, pues si bien la lluvia debería apagar las llamas, el viento las aviva. Los marineros se ven desesperados y asustados, como si vieran inevitable el desastre.
El capitán, en contra de su experiencia de hombre de mar, pero atendiendo a lo urgente de la situación, gira con pericia el timón para que la gran embarcación se oriente a la costa. Está en juego la vida de sus hombres, la mercadería en bodega y además la integridad física de los misteriosos pasajeros y su carga secreta.
“Maldita la hora en que los acepté en mi barco. Esa mujer siempre me dio mala espina, a pesar de su evidente importancia y jerarquía”, pensó furibundo ahora, como si culparlos atemperara la situación. El instinto le había gritado que no había buen augurio ni buena suerte en una fémina en la nave y ahora se comprobaba que sus huesos y su olfato no fallaban.
 La lluvia arrecia y los marineros ateridos buscan refugio en los recovecos de cubierta. El agua que golpea como finas piedras por fin consigue apagar el fuego. Cuando todo parece volver a la calma relativa, un golpe seco y profundo hace estremecer y chillar la nave, herida sin duda desde su base. El capitán mueve sus brazos con desesperación y grita: han golpeado rocas invisibles.
La inspección inmediata bajo la mortecina luz de velas muestra la herida profunda y severa en la bodega, que se inunda sin freno. El casco está comprometido, han encallado y no queda más que abandonar. El diagnóstico es claro y contundente y cualquier navegante que se precie y tenga experiencia sabe que no hay otra solución.
El colapso es rápido, aunque la agonía de la nave será más lenta. Inexorablemente Nuestra Señora de la Caridad, barco navegando bajo bandera española, comienza a hundirse. El capitán grita entonces las instrucciones irremediables: los pequeños botes deberán salir a flote. Mas estos son pocos y frágiles y el terror desatado no colabora con las tareas de salvataje y abandono ordenado de la nave.
El primero al mando ladra órdenes a un lado a otro mientras los hombres corren por sus vidas sin escucharlo, buscando su lugar en las embarcaciones. No los culpa, como se ven las cosas los primeros tendrán ventaja y no hay aquí autoridad que valga. Cuando lo que está en juego es la vida, los hombres rompen el cepo de las jerarquías.
Con rapidez y conservando aún su sangre fría, consciente de sus responsabilidades, se dirige hacia el camarote principal, suyo por derecho pero que cedió a su huésped, en un viaje que debía ser tranquilo y sin novedades y se ha vuelto una pesadilla.
Sin tiempo para protocolos, abre la puerta y visualiza a la mujer sentada y desencajada, y al hombre de pie ante ella, con la cabeza baja. No sabe qué decir, se les nota el terror y la incomprensión. Ella es una escocesa muy  bonita, pelirroja y con un bello vestido que más haría honores en una sala de fiesta que en el medio de la mar. Sostiene contra su pecho un cofre de madera noble con herrajes bruñidos casi como si con él se le fuera la vida. Ambos lo miran con pavor, esperando su palabra y tal vez que él traiga la tranquilidad que la tormenta, los gritos y el ruido les ha quitado.
—¡Hay que desalojar el barco!— grita sin miramientos. No hay tiempo para protocolos ni cortesías.
—¡Nuestras cosas!— alude el hombre y mira con desconcierto a la muchacha.
Los cajones y cofres que tanta queja generaron en los marineros que debieron cargarla, yacen en un rincón de la habitación.
—Es imposible salvarlas. Es su vida o sus posesiones— dice con aspereza y ve como ella deja la caja, llorosa, como si abandonara un bebé.
En ese momento el navío vuelve a crujir, azotado por los vientos que retoman la fuerza y la nave gira hacia un costado derribando objetos y personas. “¿Qué demonios puede tener ahí que sea tan valioso como sus vidas?”
—No hay tiempo, deben salir ahora— grita el capitán y da la vuelta dirigiéndose nuevamente afuera, enfilando hasta el último de los botes, al que presto  desata de sus cuerdas.
 .
—Arriba— le ordena al hombre y le tiende uno de los remos.
Ella se sienta en el medio del tembleque bote y se toma de los bordes con pánico reflejado en su mirada, aun cuando su cara parece inescrutable. La pequeña embarcación golpea con crudeza el mar al ser desenganchada de las cuerdas que la sostienen y es entonces qué el brutal baile con las olas comienza.
Los dos hombres intentan manejar los remos y enterrarlos en las  aguas ominosas que parecen negro fango. Es como intentar dominar a tientas un caballo salvaje e imprevisible, aún para un hombre que ha vivido en el mar toda su vida.
Nada se ve alrededor, salvo la fugaz y tintineante luz del faro que aún lejano se convierte en codiciado destino. Apenas han logrado separarse una decena de metros de la nave madre cuando el colapso de esta enloquece aún más el mar, generando sacudones más intensos si cabe, lo que hace que el bote que los traslada gire sobre sí mismo y arroje al capitán y a la pareja al mar.
El primero logra sostenerse de las maderas y busca a su alrededor intentando auxiliar a los otros. Todo lo que ve es un remolino de faldas que se hunden irremediablemente.
El Río de la Plata, un río tan ancho como un mar al decir de sus navegantes, río—mar que separa al Uruguay de la Argentina, en el cono sur americano, se ha cobrado nuevas víctimas, hombres y naves dormirán desde hoy en su lecho. La ignota condesa de Bedford, reciente y secreta integrante de la nobleza inglesa, ha venido a morir con su secreto y pertenencias en el fondo de un mar desconocido para muchos europeos. Con su muerte, apenas advertida más que para los íntimos y tal vez llorada en secreto por su amor, el mismo que la hizo partir, se abrirá un juego de poderes y traiciones que atravesará el tiempo.


UNO.

Es un bello día y el sol brilla con fuerza en un cielo despejado, tan celeste como los ojos del hombre inclinado, que hace tareas de mantenimiento en el puerto de Montevideo esa tarde de octubre de 2017. En la cubierta del barco, Sebastián Cortés arrolla cuerdas y hace los nudos correspondientes para asegurar los botes salvavidas.
Una y otra vez, casi con manía, ordena y asegura los pequeños objetos, equipos y herramientas de ese barco que es su orgullo y tanto adora. Es el “Incitatus”, su caballo de los mares, una nave que hace honor a su nombre: impetuosa, tal cual era el caballo del romano Calígula, de dónde su dueño obtuvo el nombre. Es que para él la embarcación tiene vida, late y se mueve en sintonía con sus emociones. Es una tontería que sabe producto de su fijación con esa belleza producto de tantos sacrificios.
Sebastián es un hombre alto, de músculos marcados, más por el trabajo que por la actividad física sostenida. Calvo por elección y comodidad, los rayos del sol destacan la desnudez de su nuca. Su pecho, brazos y piernas morenos por la exposición al sol se aprecian con absoluta claridad, ya que sólo viste pantalones cortos descuidados y algo rotos, además de manchados por el aceite del motor.
Aparenta poco más de treinta años. “Un hombre atractivo”, piensa la joven que lo observa desde el muelle, en principio detenida a mitad de camino con su portafolios y luego avanzando lentamente hacia él. Elvira Gamboa tiene en sus manos una tarea administrativa que no le gusta y que sólo ha aceptado por expreso ruego de su abuela.
No entiende aún que hace en este puerto y en este país tan lejano de su Europa, un lugar que ni siquiera conocía en el mapa antes que se lo mencionaran. Suspira y sabe que está aquí porque le es imposible negarse a algo cuando su abuela lo pide, es una mujer determinada que siempre logra lo que quiere. Pero ella además la adora.
Sus ayudas de beneficencia y solidaridad recorren el mundo a través de su fundación, una Organización no Gubernamental que creó para sostener obras artísticas y brindar ayuda humanitaria. “Por lo menos es más de lo que hace la mayoría de los nobles ingleses a los que ella pertenece”, piensa despectivamente. Claro que Rosemary Kent, condesa de Bedford, o ex dado que el título lo tiene ahora su hijo, no es alguien que se pueda quedar quieta en un sillón a disfrutar de las mieles de la riqueza o de los títulos nobiliarios, afortunadamente. No la querría tanto si así fuera.
Elvira llegó el día anterior a un pequeño y selecto aeropuerto cercano a Punta del Este en el jet privado de un amigo de su abuela. Pronto comprobó que las distancias son cortas en este pequeño país y si bien aún siente el cansancio del viaje, le va gustando lo que ve. El lugar es hermoso, no exactamente el puerto en el que está ahora, sino las playas y la costa que recorrió en el auto alquilado. Kilómetros de arenas blancas bañadas por el Océano Atlántico y el Río de la plata. Las aguas no tienen la claridad y la transparencia del Mediterráneo, pero su encanto es innegable.
Carraspea desde las maderas del muelle buscando llamar la atención del hombre, que parece absolutamente inmerso en sus pensamientos. Alcanza ahora a ver mejor su perfil. Algo irregular, la nariz casi perfecta. Le hace recordar cuánto detesta la suya, un poco ganchuda. Tose por segunda vez y entonces él tuerce el rostro para observarla desde la transparencia de unos ojos increíbles. Hay cierta displicencia en la barba de días y la mueca de su boca le genera inmediata antipatía.
—¿Podría decirme usted si este es el barco que pertenece a Sebastián Cortés?—inquiere ella con la voz un tanto más seca de lo que hubiera querido.
Se siente fuera de lugar y transpira debajo de su traje sastre. Esa tendencia a vestir demasiado formal le juega pasadas malas en ocasiones, como en este octubre caluroso en un puerto donde todos visten de labor.
—Pues sí. Este es el barco de Sebastián Cortés. ¿Le puedo ayudar en algo?
—Necesito hablar con él— levantó la cabeza.
—Es eso lo que está haciendo ya, mujer—espetó con aspereza y cierta impaciencia, al parecer fastidiado por su interrupción.
La desconcertó. Había dado por supuesto que era un tripulante o marinero, no el dueño. Esperaba un hombre mayor. Su abuela le había comentado qué el buscador de tesoros tenía mucha experiencia por lo cual mentalmente lo había catalogado como cincuentón. Reaccionó y trató de proseguir.
—Bien. Es un placer, me presento mi nombre es Elvira Gamboa y…
—Ajá—contestó el maleducado mientras se limpiaba las manos con un trapo aceitoso y se incorporaba mostrando la altura importante que lo caracterizaba.
La miraba como acicateándola a seguir o irse, como si su tiempo fuera oro y ella osara desperdiciarlo.
—He venido en nombre de mi abuela y de la ONG Compromiso y solidaridad.
Creyó percibir un brillo de interés ahora en su rostro un tanto imperturbable.
—Pase— le ordenó.
—¿Arriba? ¿Al barco dice, subir?
La miró con intolerancia
—Pues sí. ¿Dónde más?
Elvira detestaba los barcos, nunca se sentía bien en ellos. Además, no lo conocía, estaba solo y no sabía que esperar. No le daría gusto.
—Escuche, me enviaron a reunirme con usted y discutir las condiciones del contrato así como firmarlo. No voy a subir a su barco. No me siento cómoda.
—Nada le va a pasar—notó que retorcía los ojos. No disimulaba nada—. ¿Me tiene miedo? ¿Me veo como un asesino?
—Eso no lo sé yo y tampoco me importa. No me gustan los barcos.
—Pues anda usted bien errada en este puerto.
—Estoy haciendo un favor.
Él la miraba con fastidio y finalmente se encogió de hombros y desapareció. Estuvo unos minutos parada sin saber qué hacer y cuando ya pensaba girar en redondo para retirarse y quejarse amargamente con su abuela del mal rato que había pasado, él reapareció con un buzo blanco y unos pantalones en mejores condiciones que los previos. Bajó la escalerilla con celeridad y se puso a su lado.
—No tengo mucho tiempo. ¿Qué tiene para decirme?
— Pues yo tampoco tengo mucho tiempo, créame Me encantaría estar en otro lugar y no aquí. Me gustaría sentarme y que los papeles tengan un apoyo, al menos.
Era un jactancioso irremediable, estaba claro. Con ese tono que parecía indicar que nada le interesaba que ella hubiera atravesado el océano para estar allí, tratándola como si sobrara. No era mujer de odios fáciles, pero este tonto se estaba ganando su antipatía.
—Cómo sea. Hay un pequeño café saliendo del puerto, podemos conversar ahí sí le parece.
—Está bien—contestó.
Apenas lo dijo él se movió y ella debió seguirlo tratando de acompasar sus pequeños pasos a sus zancadas, ya que caminaba como si mil demonios lo persiguieran. Casi sin aliento buscó no perderle pisada entre las grúas y barcos hasta que la salida del lugar la recibió y el cruce de calle le permitió a sentarse. Era un lugar sencillo pero acogedor: unas mesas afuera con sombrillas coloridas, bajo unos árboles que resguardaban del calor de la tarde.
—Dos cafés—ordenó a la mesera que se acercó apenas sentados, sin preguntar ni darle tiempo siquiera a pedir algo más.
Hacía ya varias horas que no comía y su estómago se quejaba. Esperó sin hablar mientras él tamborileaba sobre la mesa, buscando apurar el trámite, pero no se inmutó. Cuando la muchacha les acercó los brebajes le preguntó qué podía traer que fuera de rápida hechura y sustancioso. La descripción de algo llamado “tostado” la tentó; los sándwiches calientes serían una buena base hasta la cena. Al girar encontró los ojos del hombre sobre sí.
—¿Usted paga lo suyo, verdad?.
La frase la molestó de inmediato, seca y altanera. ¿Se podía ser tan troglodita?
—Para su información y aunque no le debe interesar, he pasado más de veinte horas arriba de un avión, para luego viajar acá apenas descansando y comiendo lo mínimo. Aquí estoy como mensajera—se escuchó a sí misma y entonces prefirió callar. Nada le debía interesar a él—. Pero dejemos eso, seamos claros y concisos que parece que es lo que a usted le interesa. Tengo aquí el contrato con las condiciones establecidas para el negocio.
—Eso me dijeron. Me gustaría leerlo.
—Pensé que ya lo habían hecho. Supuse que solamente era el paso formal de la firma—lo miró con seriedad.
 No tenía ningunas ganas de estar sentada al lado de ese hombre el tiempo que le llevara la lectura, aguardando como una empleada que el señor se dignara a completarla. Suspiró e hizo lo posible por contenerse. Esa impaciencia suya a veces le jugaba en contra.
—Oh, claro qué lo hice, pero me interesa qué no haya existido ninguna modificación y que todo haya quedado en acuerdo a las dos partes.
—Muy bien, aquí tiene—indicó mientras extraía de su portafolios de cuero sendas carpetas y extendía las mismas.
Él tomó una verificando que eran los originales y comenzó la parsimoniosa lectura que en principio la enervó, mas luego que el café y los tostados arribaron no prestó mayor atención. Se concentró en mirar el movimiento del tránsito, un poco sorprendida por la variedad de los vehículos: bicicletas, motos, carros con caballos, amén de toda la gama de automóviles y camiones que traían su carga al puerto. Una variopinta mezcla de seres, hacia uno y otro lado, ocupados cada uno en sus asuntos y vidas.
Comió con apetito lo que le pareció una delicia y miró de tanto en tanto al calvo que con el entrecejo fruncido pasaba una y otra hoja. “Demasiadas ínfulas tiene, considerando que se le está dando dinero para que pueda realizar su proyecto”, pensó para sí.
—Bien Estoy de acuerdo, está bien. ¿Tiene un bolígrafo?—señaló finalmente.
Le extendió uno sin hablar, masticando como estaba el último trozo, algo atragantada. Observó como con trazo claro firmaba las correspondientes copias. Entonces se levantó y apenas con un gesto de su cabeza indicó que se marchaba.
—Espere un momento—casi gritó para detenerlo, con sorpresa por la brusquedad—. Tenemos que arreglar los detalles.
—¿No es lo que acabamos de hacer?
—Me refiero a la logística. Debo supervisar todo hasta que el encargado de acompañarlo en su expedición llegue.
—¿Y cuándo será eso?
La miraba con impaciencia
—Me indicaron que serán dos o tres días. No es mi gusto, pero lo voy a supervisar en la compra de equipamientos y en la elección de la tripulación.
—Ni hablar—señaló él fuerte y mirándola con fijeza.
—Pero…
—Usted tendrá todos los comprobantes, verá la gente si quiere, pero la elección ya está hecha y no está abierta a discusión. Esto no es una elección de pasantes.
Se había sonrojado, un poco por la vehemencia que él había esbozado y otro poco por la falta de caballerosidad que demostraba en cada uno de sus pasos.
—Mire—pareció concientizarse de la dureza del trato—. Esto es algo muy específico, los hombres los elijo yo porque los conozco y sé su experiencia. ¿Usted que puede saber de eso? Hace pocos minutos no quiso subir al barco porque le incomodaba, la cito textual—la miraba con desafío.
—Claramente, no sé nada—le respondió molesta y mirándolo a los ojos con absoluta frialdad—. Estoy haciendo un favor a mi abuela y lo haré hasta las últimas consecuencias tal como me comprometí.
—¿Sabe usted siquiera que buscamos?—le inquirió con un gesto altivo.
—Sé que busca un barco hundido y que cree que tiene un tesoro.
—Este no es un juego de piratas y tesoros, señorita. Esta tarea no es como la pintan las películas.
—A mí me importa poco. No tengo esperanzas ni expectativas, ni sueño con piratas, por si usted lo piensa. Es el dinero de mi familia el que se pondrá en juego y me parece lógico que haya supervisión de nuestra parte. Es muy simple.
—Me parece más que lógico. Pero esperaba alguien más idóneo.
—Descuide. Lo habrá en unos días. Mientras me tendrá que tolerar.
—Para que sepa, yo tengo ya comprometido todo lo necesario. Estaba esperando los arreglos formales para confirmarlo. Van a llegar a la zona de la exploración, no aquí.
Vaya, otra contrariedad. La tendría de aquí para allá, según parecía. Tomó aire y lo miró, preguntando con educación.
—¿Dónde lo vuelvo a ver y cuándo, entonces?
 Él la observó e hizo entonces un gesto de asentimiento.
—Deme unos días. Necesito resolver algunos asuntos y contactar a mi personal. La veré entonces en la costa de Rocha, el departamento. Si me da su número le enviaré las coordenadas de la locación para que la ubique con exactitud y no haya ningún tipo de problemas.
 Elvira buscó en su bolso y le costó encontrar su tarjeta. Cuando levantó la vista para entregarla, le inhibió un poco la intensidad de la mirada que la atravesaba. Él tomó el cartón con sus datos y se retiró con brusquedad.
“Imbécil”, pensó mientras se recostaba en su silla respirando con profundidad. Sólo pensar que iba a tener que pasar unos cuantos días cerca de ese energúmeno le ponía los pelos de punta. “Ni modo”, se dijo, “que el problema sea suyo. Yo haré lo que deba sin complicarme la existencia”.


lunes, 26 de marzo de 2018

Una ficción histórica que te traslada al Brasil colonial.

A continuación te presento los primeros capítulos de mi nueva ficción histórica. Si te gusta y eres afín a la novela con contenido histórico, seguro te va a impactar. Puedes acceder a la novela en la plataforma Amazon en el siguiente link de compra:
 rxe.me/QBKC1J



UNO.

El sol se levanta con vigor sobre el cielo despejado y brillante, los rayos atravesando el aire con fuerza, haciendo sentir su calor sobre hombres y animales. Las manadas de cebras y elefantes han bebido ya sus correspondientes cuotas del vital elemento en los ríos y se aprestan a pastar mientras cuidan el acecho de los predadores. Estos se desperezan sobre los árboles y bajo ellos, aún con sueño por la noche de agitada cacería. Es África salvaje, primigenia, intocada por el hombre blanco, que se despierta.
El paisaje se completa con actividad humana. Hombres y mujeres negros, jóvenes y vitales, recorren la arboleda poco tupida en busca de frutos y leña para abastecer la tribu, asentada un poco más lejos. Con la rapidez que da la práctica y la rutina, arman grandes montones que van echando sobre los hombros y espaldas. Risas y algún que otro empujón matizan la tarea, a la par que algunos se zambullen en el río cercano para quitar el calor y regresan veloces a la tarea asignada. Apenas cubiertos con algunos cueros, sus cuerpos son de talla alta y delgados, con rostros angulosos y miembros ágiles. Sus rostros despojados de barbas y los cabellos rizados, sus cuellos envueltos con colgantes en los que se aprecian dientes y partes de hueso o cuero de animales.
De pronto y como salido de la nada, cortando el espacio como una flecha, se escucha un sonido agudo que se intensifica con el correr de los minutos, un largo llamado que se quiebra más de una vez hasta desaparecer abruptamente. La actividad se paraliza y todos se miran con alarma, sin entender al comienzo, hasta que uno de ellos reacciona y corre, y tras él los demás. Con desesperación, miedo y angustia, incitados por el llamado urgente del tambor “ñoñofó”, instrumento mayor de la aldea que esta vez no invita al ritual ni a la fiesta. Lo indica lo perentorio, lo fuerte y agónico del toque que se esparce por el aire caliente de la mañana africana.
Los cuatro mujeres y cinco muchachos negros como el ébano, esbeltos como cañas, gráciles y ágiles, con la energía de la juventud, vuelan sobre la sabana. Atrás han quedado los atados de leña que con esmero recolectaron. Son jóvenes de la etnia Fon, una de las tantas, y pertenecen a una tribu mediana asentada en el interior profundo del imperio Dahomey, actual Benín, en el sitio donde África deja de ser tan ancha y comienza la curva, en la costa oeste y sobre el Atlántico
Es el año 1790 DC, aunque poco saben de esto los que corren acuciados por la certeza que algo muy malo les espera al llegar a la aldea. Cada árbol baobab, cada brizna de pasto que pisan se los grita. Las almas de sus muertos, presentes y reanimadas en la Naturaleza circundante, les anuncia que deben tener cuidado, que el peligro acecha.
Es Asmina la que lleva la delantera, una bella joven de largos músculos, cabello corto ensortijado y rasgos finos que ahora se manifiestan tensos y crispados. Sus ojos negros brillan como estrellas; sus blancos dientes, por lo habitual expuestos en una sonrisa, ahora se aprietan con temor. Corre y ruega a los espíritus orixás que no sea lo que creen, que no sean los Nagó.
Mucho tiempo había pasado desde que su tribu debió abandonar su espacio natural e internarse en el corazón del Dahomey, buscando con ello la protección de las montañas Atakora y el río Pendjabi, en un intento de alejarse de aquellos malditos cazadores de hombres. Al amparo de la Naturaleza bondadosa y de los antepasados vigilantes buenos años de paz llegaron. Pero el peligro había estado latiendo ahí desde siempre.
Los Nagó o yorubas, un pueblo conquistador que controla gran parte de la costa del Oeste africano, extiende su reino a fuerza de guerra y dominación. Para ellos los demás son sólo objeto de caza y sometimiento, “jejes” es el nombre que les adjudican a quienes no pertenecen a su tribu. Y los Fon, su tribu,  no lo son.
- ¡Cuidado! - murmura el mayor de los hombres, apenas un muchacho de dieciséis.
En estas tierras difíciles los niños pasan a ser hombres pronto. La advertencia hace que se resguarden en la arboleda que rodea a su aldea. Miran con cautela antes de ingresar. Entonces el silencio se quiebra con gritos de angustia y ante sus ojos la escena se torna dramática.
Como lo temían, ellos están ahí. Golpeando, persiguiendo, atacando. Alcanzan a ver que el tambor y su ejecutante yacen, ambos rotos por la fuerza de los golpes. Los guerreros Nagó, brutales e indiferentes al clamor de sus iguales de raza, apilan sobre uno de los extremos de la aldea a los más jóvenes del poblado, hombres y mujeres, arreándolos como si fueran ganado.
Asmina divisa entonces a su pequeño hermano, golpeado y sangrante y no puede evitar salir y correr, dejando a un lado el cuidado, gritando su nombre. Vano es el intento de sus compañeros por detenerla y sus aullidos alertan a los invasores, hombres entrenados a los que poco les cuesta dominarla, a pesar de que lucha como una fiera salvaje. Muerde y patea a sus captores que la elevan por los aires y ríen tirándola con los otros con rudeza, sin miramientos, con la indiferencia y el desprecio del que sólo ve ante sí objetos o seres inferiores.
Pronto están a su lado sus amigos, que no pudieron evitar ser capturados con facilidad por quienes tienen años en la tarea de cacería de los hombres. ¿Cómo podrían impedirlo? Ellos solo tienen las habilidades de recolectores y agricultores pacíficos, nada saben de la guerra y la conquista, actividades del día a día de los hostiles guerreros yorubas. Su defensa siempre fue escapar y resguardarse y esto funcionó durante mucho tiempo. Pero ahora, el peligro del que tanto huyeron los ha alcanzado.
Miran con dolor como las casas de la aldea se consumen prácticamente todas bajo el fuego, los techos ardiendo al cielo, destrozados los corrales y los enseres, muertos los animales. La furia Nagó busca eliminar todo indicio de vida por fuera de sus cánones. Y las tribus libres son un desafío que no están dispuestos a tolerar.
Cuando nada queda por destruir y apenas ancianos decrépitos y niños de ojos muy grandes permanecen al centro, los capturados son obligados a incorporarse. Atados unos a otros y en fila, comienzan una caminata que los llevará a kilómetros de su hogar, sin vuelta atrás. Asmina mira a sus abuelos y a su pequeño hermano que quedan atrás, solos y desamparados, expuestos a todos los peligros de la jungla. Sus padres, así como un hermano mayor van más adelante en la larga columna custodiada.
“¿Dónde están orixás? ¿Dónde están? Protejan a sus servidores”, solloza mirando en derredor y al cielo, levantando los brazos. El dolor inesperado y atroz la invade cuando el látigo cruza su espalda.
-Camina y deja los gritos, “jeje”-la insta con fiereza uno de los guerreros.
Y camina. Cómo puede. Con terror. Con dolor. Con angustia. Sintiendo que nunca antes el silencio de la Naturaleza fue tan aterrador. Los espíritus y las almas bienhechoras, que usualmente murmuran en el aire caliente, se han ido o callan de dolor.

El trayecto es agotador, demoledor. Por lo lento, por las cuerdas que ajustan y someten, por la distancia, por el hambre. A su paso los Nagó arrasan otras aldeas como la suya, destruyen otras familias, asolan y esclavizan a otros como a ellos. Aletargados por el dolor y el cansancio, Asmina y los suyos son mudos testigos de atropellos y desastres, a la par que la larga cadena de hombres y mujeres condenados se ensancha. La caravana se dirige a la costa, donde las blancas arenas bañadas por el Océano Atlántico son escenario de uno los intercambios comerciales más abyectos de la Historia.
- ¿Dónde vamos? -se preguntan los condenados unos a otros cuando pueden-. ¿Hacia dónde nos llevan? -murmuran con pavor.
-Dicen que los Nagó tienen pacto con los demonios. Dicen que tratan con ellos en persona-susurran las voces.
Sedientos, hambrientos, desesperados.
- ¿Qué será de nosotros? -pregunta Asmina con terror, para recibir la muda mirada de su padre que la insta a resistir, como siempre lo ha hecho.
-Resiste, tú puedes- le indica-Tú confía. Espera.
Pero ella puede leer en su rostro el desasosiego. No hay certezas en esta pesadilla.
-Dicen que alimentan a sus dioses con los hombres. Que tienen fauces enormes y vienen del mar a comerse a los cautivos-continúan las voces inquietas y cansadas.
Cuando las fuerzas van mermando y apenas quedan energías, la visión del poblado alivia un tanto a los agotados. Están llegando a la costa oeste de África, llamada Ouidah, también conocida como la “costa de los Esclavos. Allí hay una aldea, otrora pequeña, que creció a costas de la continua excursión de los europeos en busca de brazos esclavos. En él, además de sus habitantes naturales, conviven las fortalezas de varios imperios, enclaves coloniales impuestos por la ambición de quienes siempre están hambrientos de mano de obra barata.
El primero de estos grandes pueblos europeos en llegar, por su voluntad exploradora de la costa africana desde el siglo XV con Enrique el Navegante, y por tanto más importante es el portugués. Pero también el holandés y el inglés se disputan el control de la región, al menos de sus costas. Los mayores comerciantes negreros no se adentran en el corazón africano, sin embargo, al menos no por ahora. Para esa tarea de caza dependen de las tribus Nagó que realizan con despiadado placer lo encomendado, habida cuenta de que les permite acentuar el dominio sobre los “jejes” y a cambio, consiguen armas, objetos, telas y otros enseres.
Los cautivos arriban pesadamente a una zona donde serán mantenidos hasta que los barcos lleguen y las pujas entre los negociantes comiencen. Son empujados y obligados a entrar en precarios galpones, donde permanecerán hacinados y apenas alimentados a pan y agua durante días, en los cuales vegetan y sobreviven como pueden, presos de sus angustias, miedos y algunos ya dejando entrever sus deseos de morir.
- ¿Qué hacemos?¡Qué hacemos! - inquiere Asmina, desencajada y sin poder creer la quietud de espanto y la desidia de sus iguales, que no atinan a ensayar ningún conato de rebelión o fuga.
-Nada podemos hacer, niña - responde un adulto- ¿Qué no ves las armas? ¿Qué no ves los demonios? Ahí están, junto a los Nagó. ¿Qué podríamos hacer? No hay esperanza.
La muchacha observa los hombres extraños con expectación. Son blancos, muy blancos. Sus ojos brillan con colores extraños y tienen cabello en todo el rostro. Estos monstruos caminan sobre dos piernas y gritan y ríen. Son ellos los que mandan y ante su presencia los fieros guerreros Nagó son dóciles. Huelen mal y beben extrañas pócimas que los ponen aún más violentos. Entonces comprende el miedo de los suyos y se hace carne en ella. ¿Cómo no temer a estos dioses o monstruos?
Son ellos los que los hacen conducir por lotes a un gran claro, la plaza principal de la aldea, lugar donde los cautivos son expuestos ante una pequeña multitud que grita y gesticula, con distintas ropas y acentos. Una cosmopolita conjunción de nacionalidades invierte su dinero y compra cuerpos y voluntades para multiplicar sus ganancias cuando arriben a su destino y tripliquen su valor. Uno de los tratos más viles de la historia que enriquecerá a muchos de los que ahora gritan sus ofertas.
Ella nada entiende, ¿cómo podría? Solo es una joven aldeana que ha visto el sol salir y ponerse por diecisiete años, que ha visto pasar la estación de las lluvias y la sequía, que ha corrido tras los antílopes, que ha vivido en paz. Sólo puede mirar sin entender; sus ojos oscuros enormes tratando de comprender los sonidos extraños, las voces altisonantes, los gritos. De pronto sus padres y hermanos, hace unos instantes a su lado son llevados a empujones y desaparecen de su vista.
- ¿Dónde los llevan? ¿Dónde van? - grita y solloza, tratando de seguirlos.
Las cadenas la detienen y el golpe la vuelve al sitio. Nadie responde. Ya no están, se han ido. Mercaderes de distintas nacionalidades han pujado en brutal remate y la familia es disgregada, los amigos separados, la unidad del clan seccionada para siempre y sin posibilidad de duelo por ello.
Al dolor del alma sigue el físico, atroz, al serle grabada a fuego la marca que indica la posesión. Son hombres y mujeres objeto ahora, responden ante un dueño. Es una adolescente apenas, pero su cuerpo y su espíritu aprenden en cuestión de días que el margen para la desesperación y el miedo es maleable y siempre puede ser mayor.
Aturdida y dolida, desesperada y casi como fiera acorralada que solo espera, ve como en sueños que nuevos grilletes y nuevos hombres se hacen cargo de ella y otros, separándolos y observándolos con más atención: dientes, miembros, ojos. Y nuevamente los fuerzan a caminar.
Lo siguiente que ve es la blancura y el brillo de la arena, que deslumbra sus ojos acostumbrados a la oscuridad de los galpones. Sus pies, habituados a pisar y correr por las suaves praderas de la sabana, se hunden y dificultan la caminata. El profundo y maravilloso azul del Océano Atlántico, el sol de pleno, el verdor de las palmeras no son augurio de disfrute, sino el prolegómeno del horror, más aún.
A unos quinientos metros en el mar o más, esperan los barcos. La visión de esos objetos marrones, enormes y desconocidos recortados sobre el agua detiene a los cautivos con pavor y obliga a los captores a multiplicar golpes y latigazos. ¿Esos son los monstruos de los que hablan las leyendas? ¿Los caballos de los demonios? ¿Los que tragan a los hombres en su estómago? Los hombres se resisten y tratan de volver y los castigos arrecian. Los esclavos temen más a los monstruos que a estos dioses que golpean, pero las armas pronto mandan y aquietan.
- ¡Avancen!
Otros hombres y mujeres como ellos confluyen desde distintas direcciones y pronto la playa se puebla de seres condenados y de gritos. Las barcazas avanzan cortando las olas en busca de su mercancía.  Sería más fácil si los barcos pudieran acercarse, pero corren el riesgo de encallar. La costa de Ouidah no permite que fondeen navíos de envergadura como lo son los grandes barcos comerciantes de portugueses e ingleses.  Las pequeñas embarcaciones van y vienen en un trasiego sin pausa, indiferentes a la desesperación de los desahuciados a los que transportan.
Cuando algunos tratan de resistirse, el cuero quema pieles y aplasta cualquier intento de rebeldía. Asmina es forzada a subir en la precaria embarcación que avanza sacudida por el océano. El frío del agua que salpica, el dolor y el cansancio se hacen uno y las lágrimas fluyen sin control, anegando su rostro y el de los otros. No hay consuelo aquí, cada uno de los cautivos ensimismado en su angustia.
Apenas sí puede volver la mirada y dar un último vistazo y adiós a su tierra. Ya no la vera más, lo sabe bien. ¿Qué será de sus padres y hermanos? No los vio en la playa. ¿Quién cuidará de los que quedan, su pequeño hermano, sus abuelos? ¿Quién mantendrá el fuego Fon en la aldea? Baja la vista y llora, y se obliga a levantarla y mirar al frente.



DOS.
La magnitud del monstruo-objeto-lo que sea, la asombra. ¿Cómo puede algo tan enorme mantenerse sobre el agua? ¿Será verdad que es un monstruo? Está cargado de otros demonios que se asoman y gritan. Con celeridad son obligados a ponerse el pie y subir por la débil y balanceante escalera. Debajo, el agua violenta y oscura golpea el casco.
Toca la madera de la cubierta y pisa la misma que cruje y chilla como si se quejara y de verdad tuviera vida. Mira hacia arriba y ve las cuerdas y telas blancas gigantes que ondean y parecen comerse el viento que sopla. Poco más puede apreciar, empujada sin miramientos hacia la negrura del interior, bodega a la que se accede por estrechos escalones y que se asemeja a una boca desdentada que los engulle.
Avistó el último sol y aspiró el último aire limpio y fresco por varias semanas. La oscuridad de las entrañas del barco serán su única realidad día tras día. Los grilletes de pies y manos pesados y apretados, serán lastres que impedirán cualquier movimiento. El olor es sórdido, nauseabundo y les cuenta de otras tragedias, de otros horrores, de otros como ellos.
La nave ha transportado tantos cientos de esclavos, ha sido testigo de tanta muerte, dolor y miseria, que todo parece impregnado y testimoniado en su casco. Es un “Tombeiro”, nombre que los portugueses dan a los navíos mercantes negreros especializados en el tráfico de seres libres de África a la América conquistada por los europeos.
La economía colonial americana es una generadora de réditos y riquezas sin igual, pero para ello necesita alimentarse de brazos. Es una máquina devoradora de hombres y fuerzas Los blancos conquistadores no trabajan en los extensos plantíos de algodón, azúcar, tabaco o café o en las minas de oro y plata.
Los indígenas, primera mano de obra que usufructuaron hasta el hartazgo, fueron diezmados por la avaricia o la fuerza de la dominación a sangre y fuego. Los que no optaron por dejarse morir, los que quedaron, no resisten la brutal explotación en los cultivos y además la Iglesia católica los ha declarado seres humanos, aunque de segunda categoría y susceptibles de la tutela blanca, según la bula Sublimis Deus del Papa Pablo III, que disímil respeto tuvo en las tierras americanas, pero de todas formas fue un amparo para esos desgraciados.
Sin embargo, esto habilitó el intenso comercio de los negros africanos. La Iglesia no velaba tanto por estos seres y entonces, como objetos o simples productos eran extraídos de sus hogares y vendidos al mejor postor.
El olor de un Tombeiro se percibe a kilómetros en el mar, dicen los marineros. En sus entrañas y como cualquier mercancía de valor los hombres y mujeres negras son apilados con apenas espacio entre uno y otro, separados por sexo. Asmina mira a su alrededor, pero poco distingue a sus compañeros de travesía. La bodega es baja, no permite estar parados y apenas sentados, aunque no será así como permanezcan.
Los hombres blancos empujan, golpean, patean, mandan a todos a tumbarse. El viaje del horror lo hará en su mayor parte acostada, casi siempre sobre uno de sus lados, respirando sobre sus vecinos de mala suerte. El peso de los herrajes, además del hacinamiento, hacen imposible el movimiento.
Es el comienzo de una travesía tremenda en la cual solo sobrevivirán dos tercios o poco más de los pasajeros, que más que eso son carga. Sofocados por el calor y el aire viciado, apestados por el olor de sus inmundicias, apenas alimentados a pan y agua, muchos no resistirán y una parte de ellos eventualmente serán arrojado al mar, que más piadoso que los hombres, los acogerá en mortaja final, en un destino preferible antes del que les esperaba al arribo.
Sólo su inmenso coraje, resistencia y la fe en sus orixás, en sus espíritus, mantuvo viva a Asmina en tan espantosas condiciones. Obligada a refugiarse en su mente, esta divagó y corrió por las sabanas de su tierra, donde el sol brilla y acaricia y el aire es limpio y fragante. Sus manos se hunden en las frescas aguas del río y recibe la lluvia con placer. Casi en estado de catatonia, su razón se resguardó en el fondo de su consciencia y dio pasó al instinto de supervivencia. La muerte de algunas de sus compañeras de viaje aliviará algo la situación, apenas algo. Su alma viaja y duerme con los espíritus orixás.
Algunos cautivos se dejaron morir, a pesar del esfuerzo de los captores que incluso usaron la fuerza para forzarlos a comer lo poco e inmundo que les toca. Contadas veces vieron el sol, alguna que otra vez cuando el hedor era tan sobrecogedor que hasta a los blancos molestaba. Eran llevados entonces a la cubierta y bañados a baldes con la salobre agua del Atlántico que sólo agregaba dolor a las heridas y llagas. En alguna ocasión se los obligó a bailar sobre la madera, dado que el ejercicio era la manera que encontraban de romper la inmovilidad y mantener algo de la forma corporal que evitara pestes y enfermedades que se volvieran epidemias.
Pese a esos primitivos recursos usados para mantener viva la carga, una parte murió por enfermedades fruto del hacinamiento, vaya a saber si por escorbuto, viruela, sarampión; apenas detectados los casos, sus portadores eran arrojados al mar para evitar la tragedia de un contagio masivo.
Sólo los últimos días de la travesía, cerca del destino final, mejoraron las condiciones y les aumentaron las raciones de agua y comida. Los esclavos, casi esqueletos vivientes, debían mejorar su apariencia para el remate.
Un día, luego de mes y medio de tribulaciones, el barco llegó a destino. El largo trayecto había trasladado a los hombres de su natal África a las costas del Brasil, tierras de pertenencia portuguesa desde el siglo XVI. El clima había hecho aún más aciago el trayecto al sacudir el navío de manera constante. A Asmina le costó un buen rato volver a la realidad y percatarse que ya no se movían, al menos no tanto.
Entonces vinieron los gritos de los marineros que látigo en mano los obligaron a moverse y descender. Casi rotos pero sobrevivientes, aún seres humanos, hambreados, heridos, débiles y sin fuerzas fueron bajados a tierra firme.
El sol golpeó con fuerza las pupilas; los músculos, lo que queda de ellos, demoran en reaccionar. Ahí está de nuevo la luz, el cielo y el aire puro y limpio. Con el terror aún en su retina, Asmina da gracias de vivir aun cuando está sola. Rodeada de otros como ella, mas sola.
Ha logrado sobrevivir a una de las experiencias más tremendas que el ser humano pueda contar, proporcionada por los capitalistas del dolor. Otro capítulo comienza y la piel de la joven se va a ir curtiendo y su mente aprenderá lentamente a refugiarse en el interior cuando la realidad la supere. Y habrá mucho de esto los próximos años de su vida.