sábado, 2 de diciembre de 2017

Abraza la vida sin miedos, 1er.capítulo

Capítulo 1.
1.
Limpió por vigésima vez una inexistente pelusa en su abrigo, procurando concentrarse en hacer algo que le evitara mirar el doloroso cuadro ante sus ojos. Mas era imposible hacerlo cuando la gente no cesaba de aproximarse para saludarla y dejarle su pésame luego del cortejo fúnebre que había trasladado el cuerpo de su madre hasta su última morada. Unos incipientes copos de nieve comenzaban a caer anunciando las primeras crudas nevadas.
Se estremeció y sacudió la cabeza en gesto de agradecimiento al último de los dolientes que se retiraba. A su lado solo quedó Sam, quien la tomó por los hombros con delicadeza y la condujo hacia el vehículo. Apenas reaccionaba, azorada por la rapidez de los acontecimientos.
Solo una semana atrás su madre aún controlaba su existencia y acciones diarias con mano de hierro y hela aquí ahora. Fría y lejana, cubierta por varias capas de tierra. ¿Cómo podía ser? ¿Qué haría ahora? La brújula de su vida había estado imantada por el norte que su progenitora imponía. Miró a su novio y se recostó a él, buscando su apoyo y amparo. Sintió el alivio de su presencia; no estaba sola, claro que no.
–Vamos, nena. Debes ser fuerte y no pensar en nada ahora, solo en descansar. Yo me ocuparé de todo.
Sus palabras trajeron sosiego y se dejó conducir, como solía ser su actitud. Al llegar a la casa, que lucía devastadoramente grande sin la presencia de su ama natural, miró con desconcierto los restos del buffet que aún permanecían en las mesas luego de la velada mortuoria.
El golpe en la puerta la hizo retroceder mas fue Sam quien allanó el camino a la vecina del frente, quien compungida se acercó y la abrazó. El aroma de su perfume fuerte e intenso la agobió y la mareó aún más. Volvió a recordar en forma automática las palabras de su madre: “Esa mujer se viste como prostituta y se pinta como una puerta”. Sus pechos trascendían el amplio escote, demasiado abierto para la temperatura reinante.
Agradeció el saludo en forma mecánica y con tenue voz, asintiendo después al torbellino de conversación en que la recién llegada la incorporó.
–No te preocupes, mi querida. Debes descansar. Yo me encargo de este desastre, tú no estás para tareas. Limpiaré y guardaré todo. No, no…No aceptaré un no por respuesta, ustedes han sido tan buenos vecinos.
No recordaba ningún gesto de su familia que tuviera una remota relación con lo que decía, sus padres habían sido hoscos y altaneros con el resto y en especial con aquellos a quien no consideraban a la altura económica o moral propia.
–Eso mismo le digo, que procure relajarse y descansar, ha sido mucho–sentenció Sam, apoyando a la locuaz dama.
–Ve a tu cama, haz caso a tu pareja, cielo–ronroneó más que dijo aquella, mientras comenzaba a balancear su cuerpo ajustado en un vestido colorido y sin abrigo.
“Qué exceso de calor tiene” fue lo único que pudo pensar, pero no tenía fuerzas y sus ojos se cerraban. El calmante que su novio le había suministrado comenzaba a ejercer efecto y su dolorido cuerpo lo agradecía.  Subió las escaleras y se tendió en la cama, acurrucada sobre sí misma y tapada hasta la cabeza. El peso de lo que se avecinaba la agobiaba de antemano.
Había sido siempre la niña de papi y mami, protegida y cuidada al extremo, como si fuera un frágil capullo. Aunque esto no quiso decir que obtuviera siempre lo que quería. Sus padres creían en los límites y el esfuerzo, aun cuando le negaron una independencia real a la hora de tomar decisiones.
Durante años vivió en una cómoda y amplia jaula dorada en su hogar de Burlington, Vermont, Nueva Inglaterra. Y todo parecía indicar que moriría allí y así. Todos sus intentos de volar, conocer otros sitios y experiencias fueron limitados o cortados por la firme decisión paterna. El mundo era peligroso, loco. ¿A qué arriesgarse?
Dormitó incómoda, sacudida por los recuerdos y pronto estuvo nuevamente despierta. Adoraba a sus padres aun cuando fuera bien consciente de lo mucho a lo que había renunciado por ellos. Sabía que lo habían hecho porque lo creían por su bien y para evitarle dolores, esos que son inevitables porque el destino esquiva todas las barreras y escudos que queramos interponerle.
No podía dormir más, parecía que la habitación se le venía encima. Bajó las escaleras y miró a su alrededor. Los pequeños cuadros y artesanías que su madre tanto gustaba atesorar la observaban desde paredes demasiado abigarradas. Nunca había aprobado el gusto de aquella por la decoración caótica y transar en algo más sobrio fue imposible. Su madre era la reina del hogar y lo hacía sentir.
“Podrás alhajar las habitaciones como quieras ahora” pensó con amargura. No habría resistencias; estaba sola. Suspiró tragando saliva, deseando que el dolor por la pérdida aflojara y le permitiera respirar.
La sala lucía ordenada y limpia. Estaba a punto de llamar en alta voz a su novio cuando escuchó ruidos ahogados en la cocina. Se dispuso a ayudar con la limpieza, era su deber como nueva ama de casa y no quería agobiar a la gentil mujer que se había ofrecido a ayudar. Algo la detuvo, sin embargo, antes de trasponer el umbral, un gemido contenido que la alertó y la hizo mirar con cautela. Decir que vio la sorpresa de su vida no sería descabellado, tanto que debió tapar su boca con ambas manos para contener el chillido de angustia.
Frente a sus ojos y recostados a la mesada de mármol italiano, niña mimada de su madre, su Sam y la vecina gruñían como posesos. La imagen era demoledora por lo explícita y grosera: él con sus pantalones bajos empujaba su miembro dentro del trasero de la descarada, que con su vestido por la cintura y sus pechos al aire parecía lustrar la mesada con las enviones del amante. Si su madre hubiera visto aquello no habría encontrado detergente que pudiera limpiar la ofensa.
–Así, así, dame duro, la quiero toda.
–¿Te gusta fuerte, perrita? ¡Lo pedías a gritos, hace meses que te tengo ganas! –jadeaba su novio mientras acariciaba las nalgas de la mujer con lascivia total, una expresión que nunca había visto ni tenido con ella.
También era cierto que ella jamás se había comportado como esa atorranta en celo que parecía su vecina. ¡Cuánta razón tenía su madre! No podía moverse ni dejar de mirar; además de lo doloroso de la traición la frenaba lo obsceno de la escena. Nunca lo había visto así de desenfrenado, su cuerpo en total tensión y embistiendo cual toro bravío, pellizcando y lamiendo cada trozo de carne en exposición. El rostro transfigurado y rojo, sus palabras irreproducibles; no parecía el cortés y caballeroso hombre de todos los días.
Cuando creía que no podía ser peor, lo vio retirar su pene y untar a mano llena los pechos de la mujer con gelatina sobrante del buffet. Entonces sí no pudo más; gritó y vomitó a la par haciendo que los cuerpos trenzados se separaran como mordidos por serpientes. La vecina corrió y tomó su vestido, desapareciendo al instante a la par que gritaba: “Todo ha quedado limpio”.
Sam trató de recomponerse y con torpeza subió sus pantalones mientras comenzaba a ensayar unas titubeantes disculpas. Ella lo vio como en cámara lenta, arrodillada sobre el piso, sudorosa y tembleque, tratando de respirar y calmarse. Todo estaba mancillado, los espacios tan sagrados que su madre había cuidado y venerado, habían dejado de serlo.
–Nunca más podré volver a comer gelatina–murmuraba como letanía, aun sabiendo lo ridículo que sonaba.
Pero era un símbolo, si es que la gelatina puede serlo, de algo finiquitado y muerto. La relación que los había unido, la vida que había tenido hasta entonces. El hombre la miraba con desconcierto y trataba de borrar la ofensa con sus palabras, sin percatarse aún que todo estaba terminado.
El llanto de Camila más que por él era por el mundo que se le acababa de derrumbar al morir su madre y seguidamente perder el bastón gentil y cómodo de su novio. Podía perdonar el desamor, pero no la traición y menos la estupidez. Y él lo era. ¿O creía que ella sería ciega y sorda en su propia casa?
Pasados los minutos de histeria y desahogo, lo miró con altanero desprecio y lo conminó a marcharse para no volver. La mirada dura y desconocida lo asustó, jamás la había conocido así.
–Nunca me habías hablado así, recapacita, fue el fragor del momento y ella me incitó.
–Pues reaccionas rápido y olvidas tus deberes pronto. No me interesa, no me interesas–expresó con pretendida indiferencia.
La asustó comprobar que era así en realidad como se sentía. Vacía, indiferente a todo. ¿Era el espíritu de su madre que se incorporaba en ella? Como fuera, era la última vez que él estaba con ella. Jamás podría perdonarle su vileza.
2.
Frenó todo intento de ayuda y explicación a los manotazos y sintió cierto malvado placer cuando resbaló y cayó al pisar la resbalosa sustancia que él mismo había derramado. No sintió piedad al verlo sangrar por efecto de los vidrios de la ensaladera hecha añicos en el piso. “Otra pieza sublime de su madre mancillada por la cópula de esos dos animales en celo”, pensó con furia.
–No entiendo cómo puedes ser tan dura, no es lo que piensas, no significa nada–graznó él desde el suelo, mientras ello miraba con asombro.
–¿En serio, vas a negar en forma descarada lo que acabo de presenciar?
–Ella se me insinuó, me provocó. Yo no soy así, lo sabes bien.
–Pensé conocerte, pero ahora te veo en realidad–le contestó con calma. Su furia parecía esfumarse para dar paso a un vacío y una frialdad que no reconocía–. Eres uno más, ni siquiera pudiste respetar mi dolor, la casa de mis padres.
–Fue la ansiedad, el sentirme azorado y…
–¿Tú? ¿Qué dejas para mí?
–Esto fue un desahogo, sabes que te respeto y quiero, nunca podría hacerte a ti lo que a ella…
–Por supuesto, yo no soy una cualquiera. Tu deber era apoyarme.
–Lo he hecho. ¿Me culpas por un simple polvo? Hace semanas que ni me tocas. A los efectos podríamos ser hermanos.
Lo miró con fijeza. Era verdad esto último si lo pensaba bien. Su relación no se basaba en lo físico, nunca habían pasado más que de castos besos y abrazos y contadas ocasiones una cópula rápida y limpia. No eran de esas parejas fogosas y apasionadas que se ven en películas o de las que hablan las canciones, pero nunca se cuestionó. Y no era el momento ni la ocasión ahora. Era ruin de su parte traerlo a colación.
–¿No te parece cruel e innecesario el reproche, tratando de culparme a mí de tus acciones en uno de los momentos más aciagos de mi vida? –señaló con dolor.
–¡Solo digo que fue algo impensado, no premeditado! Mi tensión me llevó a ello–argumentó mientras sacudía sus ropas y recobraba compostura.
Continuó observándolo en silencio. Cada frase, cada expresión de su cara lo hundía más y más ante sus ojos. Dios, parecía un desconocido. ¿En qué mundo había vivido que no había detectado ese egoísmo atroz, esa ordinaria forma de expresarse?
–¡No hagamos esto, no discutamos! –suplicó él–. ¡Tú me necesitas!
¿Era así? ¿Necesitaba eso? ¿Ahora? ¿De aquí en más? Su instinto le decía que no, que ahora se jugaba una baza importante y si transaba por debilidad disculpando lo imperdonable no habría marcha atrás. Se perdería a sí misma y su dignidad, que era de lo poco que le quedaba.
–¡Vete, Sam, déjame sola! Necesito descansar y pensar. Mi vida ha cambiado y debo…
–¡No tienes que hacerlo sola, estoy aquí para ti!
–¿Debo recordarte que hace apenas segundos estabas para la vecina? –señaló con soberbia–. Debes irte–endureció el tono, haciendo que él la mirara sorprendido.
El habitual discurso bonachón y acomodaticio que la caracterizaba ya no estaba. Solo cuando él cerró la puerta tras de sí al irse sin esgrimir ninguna excusa más, pudo derrumbarse sobre el piso y dejar que las lágrimas fluyeran. Su corazón derramaba frustración por la traición, dolor por la pérdida física del referente más firme de su vida y miedo a lo que se avecinaba, a su futuro. No creía estar preparada para enfrentar el aluvión de situaciones que se venían: la herencia, los trámites, la soledad.
“Con Sam a mi lado sería más fácil, más cómodo” razonó su yo más prudente. Pero a la interna entendía que el reciente suceso acababa de laudar la relación entre ambos y no había vuelta atrás. No podría volver a mirarlo a la cara con la misma confianza y el cariño de antaño. La desilusión era un lastre que no podría dejar ir, se conocía bien.
Era dócil y fácil de manejar cuando así lo disponía, pero no olvidaba con facilidad. No era una de sus virtudes, sus padres siempre le habían señalado esa veta rencorosa, pero formaba parte de sí. Y en ocasiones como esta la ayudaba a preservarse.
Fue luego de un buen rato de auto conmiseración que se sintió con fuerzas para incorporarse. La cocina era un lío, pero así se quedaría. En la mañana vería de llamar a alguien para limpiar, ese lugar acababa de quedar clausurado para ella.
3.
Agazapada detrás de la ventana se dedicó lis siguientes días a husmear a su traidora vecina. Tenía intenciones de confrontarla, obligarla a que la mirara a los ojos y viera en ellos el intenso desprecio que le provocaba, el asco por su vulgar y rastrera acción. Con obstinado empecinamiento, ciega a toda razón, esperó a que asomara un pie, tan solo uno bastaría para que como cohete la alcanzara y sacudiera tomándola del cuello. Tal vez entonces el tiempo retrocedería y la soledad en la que se encontraba desaparecería.
Sam insistió los primeros días buscando su perdón, pero desistió con relativa rapidez, si se consideraba el amor eterno que juraba tenerle. Ni siquiera para eso tenía constancia el muy cretino. Le dolía el cuerpo, la vista, la vida. “Sal de aquí, vete lejos, debes reaccionar. No tienes nada ni nadie que te ate” le decía su mente, pero su corazón se resistía, este era su hogar.
En la mañana del octavo día se obligó a arrancarse de la ventana, fustigándose para convencerse de lo fútil de su accionar, pero fue entonces que vio a su ex salir de la casa opuesta, acomodándose los pantalones. Tan inmediata fue su furia que pareció que una bocanada de calor subía por su pecho, alcanzando garganta y cara con rapidez, tanto que pensó que se incendiaba y le faltaba aire. “Así deben sentirse los dragones cuando escupen fuego” pensó. No tenía idea por qué esas ideas peregrinas la asolaban en lo peor de las situaciones, en medio de las emergencias más crueles.
“¡¡El muy infiel, traidor, maldito!! ¡Ni siquiera respeta que estoy aquí enfrente! ¡Qué lacra resultó ser, escondido debajo de su disfraz de cordero!”. Mil castigos y torturas atravesaron su imaginación en segundos, mientras él se retiraba caminando, de seguro a buscar su auto escondido por ahí, para que ella no lo detectara.
Entonces la cólera la impulsó a la acción y como lanzada por un resorte corrió al patio trasero, donde tomó al azar una de las bolsas apiladas. Montó en su bicicleta y como rayo pedaleó por la acera. La guiaba un ciego espíritu de venganza y revancha y apenas pudo esquivar a un temprano caminante que le gritó asustado por lo impetuoso de su marcha.
Sam se dio la vuelta cuando escuchó las voces y tal vez fue la impresión que le provocó la escena o simple cobardía, pero fue verla y correr con desesperación. Mas nada podía hacer contra su entrenamiento de años en los distintos caminos de la comarca; lo alcanzó con facilidad y le cortó el paso, tirándole encima la bolsa de residuos.
Un apestoso olor fruto de la descomposición de los alimentos inundó las narinas y el repugnante sujeto que era su ex lloriqueaba de rodillas tratando de despegarse de su cabeza y manos la horrible mezcla.
–¡Este es mi sitio y mi lugar, no quiero volverte a ver por acá! ¿Te queda claro, perra? –le gritó alucinada, casi encima, con sus ojos desorbitados y sus puños amenazantes.
Su ex asintió con terror y trastabillante, aprovechó el momento en que ella cedió en su postura para escapar como conejo rumbo a la madriguera.
–¡Corre, Sam, corre! – gritó con voz chillona su pecho oscilando por la agitación.
“Parece una maldita liebre asustada y cobarde” razonó con suficiencia, mientras giraba para tomar su bicicleta, tirada a un costado luego de la loca carrera. Vio entonces por primera vez a la variopinta tribuna que había presenciado en primera fila, asombrados y en silencio, el reciente espectáculo del que fue protagonista principal.
La observaban sin dar crédito: la pacífica y anodina Camila, siempre amable y gentil, parecía sin duda un ogro, una bruja despeinada y alocada, fuera de sí. Ella cayó entonces en la cuenta de lo que había hecho y no pudo en sí de la vergüenza, por lo que se montó en su bicicleta y sin mediar palabra huyó.
El instinto y la memoria de sus músculos la llevaron a los caminos de su infancia, aquellos que cuando niña recorrió tantas veces con su padre, en uno y otro sentido. La paz del sendero de grava la tranquilizó. Flanqueada por coloridos cipreses y acacias, en una gama de ocres, amarillos, naranjas y verdes, solo posible en su adorado y pequeño pueblo de Burlington, Vermont, transitó con lentitud permitiendo que su ira se diluyera. Su airado pedalear del inicio se transformó en uno pausado.
Su mente era un torbellino. “¿Estoy loca? ¿Qué hice? ¿Qué van a pensar de mí?”. Algunos de esos vecinos que la miraban con estupor la conocían desde niña y jamás había exhibido un comportamiento igual. Claro que bueno hubiera sido; su madre jamás habría permitido un desmadre de tal magnitud.
La brisa otoñal acariciaba su rostro y hacía de bálsamo. Las lágrimas fluyeron como un vendaval y tuvo que frenar la marcha. Recostó la bicicleta al gran tronco de un arce y se acurrucó abrazada a sus rodillas. Se arrepentía tanto, él no merecía eso y ella tampoco. Actuar como una desquiciada rencorosa, casi como una malviviente. “¿Qué fue eso de “perra”? ¿Cómo ella usaba esos términos fuera de su vocabulario?” ¡Esas tontas comedias americanas que él le hacía mirar y que tanto la fastidiaban eran las culpables!
“Respira, contrólate. Lo hecho ya está. No te tortures, la gente lo olvidará en unos días. Lo atribuirán al estrés y él… Bueno, que se apañe”.  Tomó posición de yoga y procuró limpiar su mente de malas ideas y dolores. Respiró con quietud, una, dos, varias veces, con sus ojos cerrados. Funcionaba, siempre era así.
Recostó su espalda contra el árbol y se obligó a mirar y disfrutar el paisaje. El lago Champlain se visualizaba muy bien desde allí, así como los pináculos de la Iglesia del pueblo. Pero sobre todo lo fantástico era la naturaleza. Era un bello lugar, siempre lo vio como su remanso y paraíso. El hogar, del que nunca pensó marchar.
Apenas había viajado fuera algunas veces; unas pocas excursiones por el Estado, que era muy similar. Granjas, puentes de madera, bosques de variadas gamas, jarabe de arce, quesos eran lo típico. Lo más lejos que había ido era Boston, dos o tres veces, y con sus padres. Recordaba que le había impactado y le había dado tema de conversación por semanas.
“Boston, ese es un buen lugar. Ahí iré” se dijo. Lo repitió varias veces, luego en voz alta, como buscando concientizarse de la decisión que sus impulsos acababan de tomar. Se marcharía, lejos. Adiós a Burlington y su feria callejera, el lago helado y el patinaje en invierno, chocolates, la seguridad y el control del mundo conocido. Hola a Boston y su ajetreo de gran ciudad, lo mundano, lo incierto, la aventura.
Se imponía el cambio. Nada la ataba aquí, solo la soledad y los recuerdos, buenos y malos. Tenía que mutar o perecería ahogada por las memorias y la nostalgia. Poner tierra entre la vida que acababa de morir con su madre y la nueva que soñaba. O al menos comenzaba a vislumbrar.


domingo, 27 de agosto de 2017

Del Concurso, rankings y otras yerbas.

Aquí, de reflexiones domingueras.

Corren los últimos días del Concurso de Amazon para autores Indies o auto publicados de este 2017 y vaya si ha sido movidito. Con total claridad (bueno, la que soy capaz, que tampoco es tanta) estoy participando con mi novela Crueles cadenas (la tengo que vender) pero a pesar de ello no dejan de sorprenderme varias cosas.
En principio, comparando la cantidad de novelas que se han presentado con relación a años anteriores, el descenso. ¿Será descrédito, desinterés o falta de estímulos? No tengo idea, cuando decidí incorporarme tenía la certeza que competiría con más de 1500 obras pero no fue así.
¿Ha hecho esto la cancha más sencilla? Para nada, el barro parece haber cubierto una parte del mismo. Una porción, la que tal vez es más visible en las redes y encuentra mayor coro y difusión. No es raro; mucha gente desde la indignación,  por la rabia de verse blanco de algún complot o de faltas de respeto se hace eco de uno u otro lado de los ofendidos. En fin, eso no ha llegado tanto por acá.
No porque seamos más maduros o menos niños, qué tenemos de todo. Creo que porque el mercado está tan desperdigado entre sudamericanas, centroamericanas, etc. que más que a pelearnos tendemos a no conocernos o ayudarnos.  Mi experiencia ha sido positiva, de colaboración;  entiendo que en muchos casos no sea así. También veo que las ventas están disputadísimas en España y son muchas participantes. Las americanas colamos poco en ese mercado, por cierto.
Y mientras las luchas y codazos continúan, amén de la difusión conjunta o la cooperación, Amazon se frota las manos aprovechando a realizar cambios que pasan desapercibidos o al menos sin tanto grito. Por ahí han modificado el sistema de control de páginas leídas, toma poco interés visible sobre quienes piratean o trollean, cambia el sistema del ranking y nos deja a las románticas sin sub categorías.
Para algunos puede parecer una niñería o una pataleta, pero estar "en vidriera" ayudaba a posicionarse y vender. Ahora la categoría Romance es un confuso escenario donde se dan lucha novelas que con orgullo anuncian su pertenencia al género, otras que son raras de encontrar allí (como las de suspenso que jamás se han promocionado como románticas y no tienen mucho de eso).  Aclaro:  soy consciente que en toda historia está por algún lado el amor: a sí mismo, filial, paternal, de pareja, pero espero me entiendan lo que quiero decir.  Pululan además las historias de millonarios sementales que tienen hijos de a tres o cuatro, queriendo o sin querer. ¿Alguna vez se han dado una vuelta por el ranking de Amazon.com en Romance? Iros, incrédulos.
A río revuelto, ganancia de pescador. Amazon ganará y eso no lo cambia nadie. Y nosotros seguiremos de quejas y alegrías y siempre apuntados a la pluma.
¿Les dije que mi novela Crueles cadenas participa? Ah, ya, estoy fatal de la memoria. En otra entrada están los primeros capítulos si desean saber de qué va. ¿Qué estoy resultando muy evidente? Sí, la sutileza no es lo mío, me lo han comentado.



miércoles, 5 de julio de 2017

PRIMEROS CAPÍTULOS, CRUELES CADENAS

PREÁMBULO

Río de Janeiro, 2016.

Marcia se presentó en la recepción del enorme y lujoso edificio y pidió al solícito conserje que anunciara su presencia a la compañía de Bienes Raíces Do Nascimento. Trató de mostrarse segura y distendida pero por dentro sentía su estómago estrujado por los nervios. Era una oportunidad única la que estaba viviendo, la había esperado por meses y ahí estaba al fin.
Si su comportamiento era profesional y la excelencia de sus calificaciones de egreso se acompañaban de la buena predisposición de quien la recibiera, podría impresionar a los ejecutivos de la compañía y conseguir un puesto de trabajo de jerarquía que colmara en parte sus ambiciones.
La empresa ocupaba todo el octavo piso del edificio en el corazón del barrio Sao Conrado, lugar de lo más selecto y exclusivo, residencia además de lo más rancio de la clase alta carioca. Paradójicamente se ubicaba a golpe de piedra de distancia del lugar de origen de la joven, la favela Rocinha. Cercanía física que solo servía para contrastar la enorme diferencia social y económica entre los seres de ambos universos, haciendo honor a la expresión “tan cerca y a la vez tan lejos”.
Transitó el lobby y un ascensor silencioso y veloz la condujo a la mesa de entrada del complejo.  Una inexpresiva y elegante secretaria de mirada inquisitiva le señaló la sala de espera. Marcia sintió sobre su espalda los ojos penetrantes al encaminarse al lugar. “Seguramente no me ve a la altura” pensó. “Basta, debo calmarme y dejar de presionarme. Soy una más para ella, ¿por qué debería emitir juicio?” Se fastidiaba consigo mismo por su inseguridad constante, solo superada por su obcecada persistencia e inteligencia.
Había dos personas más en la pequeña y coqueta salita esperando su turno para ser evaluados para el empleo en la asesoría contable de la empresa. Era lógico que existiera competencia; el puesto y el sueldo eran  muy atractivos para cualquiera con formación académica. Ella la tenía de sobra, aunque carecía de experiencia previa en un puesto de esa índole. No la atemorizaba, aprendía con facilidad y estaba dispuesta a trabajar lo necesario y más.
Lo que le preocupaba eran las condicionantes que sabía le jugaban en contra: mujer, negra y de origen humilde, con un título profesional conseguido a puro pulmón y sacrificio en la Universidad pública de Río. No era poco lastre en un mundo dominado por hombres y blancos. Las mejores calificaciones y referencias de docentes a veces no alcanzaban para quebrar del todo las murallas de la discriminación por género o raza que imponía una parte de la población.
Pero no se rendía sin luchar. Alzó la cabeza  y acomodó la cabellera rizada contenida por broches, alisó su falda y avanzó, sentándose en un sillón junto a una de las ventanas luego de saludar secamente. Había estado un tanto irresoluta acerca de su ropa pero sus opciones no eran demasiadas. Sabía que debía dar la mejor impresión posible y solo tendría una chance, por lo que se decidió por una camisa blanca, una chaqueta entallada discretamente y una falda tubo por debajo de las rodillas. Quería mostrar una imagen sobria y lo más anodina posible, sin estridencias, aunque cualquiera que la mirara le diría que era imposible dejar de apreciar su cuerpo atlético y bien formado, sus largas y torneadas piernas, su busto firme y sus caderas amplias, todo coronado por un rostro de una belleza morena exuberante y sin afeites. Toda una belleza natural.
Evaluó el entorno con una mirada. Se respiraba el lujo de la riqueza que despedían los sillones de cuero y la alfombra de lana cruda, además de la decoración, especialmente dos pinturas que evidentemente eran de reconocidos autores. La actividad era intensa: la secretaria no cesaba de atender el teléfono y a trajeados y perfumados individuos que traían y llevaban expedientes y carpetas. Sabía que la empresa controlaba muchos negocios en todo Río pero en especial en las zonas residenciales, por lo que la cuantía de los ingresos era más que importante. Ingresar a trabajar en la sección de Finanzas sería un logro trascendente.
Un mundo bien diferente al suyo este que la rodeaba hoy, pero al que aspiraba a ingresar con fervor. Buena parte de sus sueños y los de su padre se condensaban en este momento y esta oportunidad. Romper las cadenas de la pobreza y miseria que habían signado las primeras dos décadas de su vida. Dejar atrás la tragedia y el dolor que supusieron su infancia y su adolescencia.



Capítulo 1

Río, 1997
1.

Amanecía y el sol se colaba generoso por las aberturas de la humilde casa sobre el morro carioca en pleno corazón de la Rocinha, favela de las más populosas y complejas de Río de Janeiro, Brasil. En la ventana y atisbando la calle la carita de Marcia mostraba signos de una noche de horror, tanto que ni siquiera los cálidos rayos del astro rey alcanzaban a disiparlo. Incomprensible, inabarcable para sus seis años.
El silencio arreciaba ahora; los disparos de la noche, las corridas y la sangre ya no estaban. Su padre Joao y su hermano Yair se habían encargado de ello, buscando que desaparecieran las huellas del infierno, como si al hacerlo se pudiera eliminar el mismo. El cuerpo de María había sido retirado por la Policía, apenas cubierto por una vieja sábana que Joao buscó como mortaja para su esposa, en el postrer y más doloroso gesto de amor que pudo tener con ella.
Todo había ocurrido en cuestión de minutos, su mundo se derribó para siempre. La humilde pero honesta morada, de gente de trabajo y familia, destruida por una bala perdida que el destino tuvo la mala idea de filtrar por una de las ventanas a través de las cuales la brisa nocturna enfriaba la casa. Marcia tenía en su mente el último gesto de su madre, que caminaba riente hacia la mesa con su plato de feijoada y de pronto helaba el rostro y sus ojos perdían luz, para caer. Una rosa sangrienta en su blusa desató el pandemónium de la familia que corrió en su auxilio, gritando por ayuda y llorando con desconsuelo.
Los vecinos que llegaban en tropel, los vanos intentos de su padre Joao por cubrir la herida con sus manos y detener la vida que se escapaba, la demora en el arribo de alguien especializado que la salvara. Todo eso pasó ante los ojos de la niña hasta que una clemente vecina la vio acurrucada y tomándola en brazos la llevó a su casa junto a su hermano Ronaldo, más pequeño que ella. Allí permaneció en silencio y casi catatónica varias horas, hasta que su papi la fue a buscar. No preguntó, no buscó ni esperó nada. Aún tan pequeña sabía que en su barrio muchas almas se iban sin remedio y la esperanza era un cuento que muchas veces no tenía un final feliz.
Fue esa misma noche que soñó por primera vez con Asmina, en lo que se convertiría en una constante de su vida en los momentos de estrés, tristeza o abatimiento más profundos. Su dormir intranquilo y casi espasmódico se aquietó con la primera imagen de la mujer: una joven negra, alta y esbelta, con el cabello corto y rizado y una mirada altiva pero a la vez dulce. “Tranquila, nena” le susurró. “Todo irá bien. Eres fuerte, te pareces a mí. Descansa, tu mamá se ha ido a un mejor lugar y te cuida desde allí.” Lo recordó vivamente al despertar; no conocía a la señora pero su presencia le brindó paz y calma.
No fue hasta la noche siguiente que su padre y sus hermanos se sentaron alrededor de la mesa y trataron de reordenar los pedazos de la vida familiar destrozada. Los intentos de consolar a los dos pequeños, Marcia y Ronaldo, chocaron con una niña lúcida y firme que les aseguró que sabía que su mamá no volvería pero un ángel le había dicho que ella estaba bien y descansando.
¿Un ángel, mi amor? susurró Joao desconcertado.
Vino a mí en sueños, una señora muy bella y me lo contó. Dijo además que yo era como ella.
¿Cómo?
Fuerte.
¿Era una mujer negra?
Sí, muy bonita.
No es un ángel, aunque sin duda busca protegerte. Es probablemente Asmina, una de nuestros antepasados. La fundadora de nuestra familia, de nuestra estirpeseñaló Joao. Cada tanto y cuando alguien la necesita aparece en los sueños de nuestras mujeres. Pocas veces. Eres muy especial, Marcia. Ella te ha elegido para hablarte y protegerte.
La niña asintió, sentía que así era en verdad.

2.

Debes contarme sobre Asminacasi exigió. Ella sabe todo de mí, es justo que la conozca también.
El pedido demandante de la pequeña Marcia impulsó a Joao a relatar y desgranar la historia de aquella mujer desde los inicios,  en una historia por capítulos noche a noche durante meses, casi como un catecismo. Llegaba casi sin fuerzas del trabajo diario para hacer de madre y padre de sus tres hijos, obligados a crecer abruptamente huérfanos de progenitora. Se prometió que saldrían adelante y que procuraría darles las mejores oportunidades, especialmente a la única mujer.
Era tan pequeña en un lugar tan salvaje y sin guía femenina. Él se sentía perdido sin su esposa y así sería muchas veces, pero trataría de brindar lo mejor de sí. Instintivamente apostó a la imagen y el ejemplo de aquella esclava negra de la cual descendían para mostrarle como el tesón, la lucha y la esperanza pueden iluminar los momentos más oscuros de la vida. Vaya si su historia era fuente de inspiración.
Asmina fue traída por la fuerza de su hogar en África, hace muchos años. Como esclavacomenzó su relato.
Los varones prontamente se durmieron, agotados por el ajetreo y el dolor, pero Marcia se mantuvo firme un buen rato, inquiriendo y procurando desnudar la vida de aquella que la consoló.
¿Es muy lejos África? ¿Quién la trajo?
Muy, muy lejos, más allá del mar. Hombres malos, muy malos, la obligaron a dejar a su familia y con muchos otros como ellas,  venir aquí al Brasil.
¿Por qué? susurró apenada.
Porque necesitaban gente que hiciera gratis el trabajo que ellos no querían realizarsuspiró Joao.
¿Cómo explica uno la codicia y la inhumanidad a una pequeña niña?
 . Y porque podían hacerlo. A veces la gente hace cosas malas porque está en sus manos o porque no le importan los otros.
¿Y ella no se negó, no protestó?
No, mi querida. No pudo, no tenía opción, no podía elegir. Era eso o morir.
Tal como mami, no pudo elegirsentenció con los ojos brillosos.
Así esse nublaron los ojos del padre. Pero Asmina era una luchadora. Sobrevivió a todo lo malo y su vida es un ejemplo.
¡Cuéntame más!
Asmina vivía con sus padres y sus hermanos en una parte de África un tanto alejada de la costa. Se dedicaban a recolectar frutos y a cultivar, así como domesticaban algunos animales. Eran muy pobres pero no necesitaban más. Eran libres. Un día terrible esos hombres malvados de los que te hablé  llegaron por sorpresa a su aldea. Destruyeron, castigaron, robaron todo lo que pudieron. Se apoderaron de los hombres y mujeres jóvenes y les pusieron gruesas cadenas. Destruyeron las familias,  solo niños y ancianos quedaron detrás al irse. Obligaron a todos a caminar hacia la costa y allí los juntaron con hombres y mujeres de otras aldeas. Los malvados eran hombres blancos, armados y violentos. No pudieron defenderse, los ataron como ganado y los llevaron a los barcos.
El relato era fuerte y duro, pero la niña no pestañaba.
Me gustan los barcosterció ella.
Estos no. Eran tremendos, traían a los pobres seres en las bodegas, apenas con espacio para respirar, obligados a hacer sus necesidades allí mismo, alimentados peor que perros.
Aquí si Joao se percató que su vívido relato afectaba el corazón de Marcia y atemperó como pudo la crudeza de la historia. No había palabras que pudieran describir con limpieza a los “tombeiros” o tumbas flotantes, nombre que los portugueses daban a los barcos negreros de los siglos XVIII y XIX y en los cuales millones de hombres y mujeres sufrieron y murieron mientras eran trasladados hacia América. En condiciones bestiales, apilados como mercancía, una parte perecía en cada traslado producto de las pestes que la mala alimentación y la falta de higiene provocaban. No era necesario contar todo esto a la niña.
En fin, así es como llegó Asmina a esta región. Sola, sin los suyos, aunque rodeada de otros que como ella fueron obligados a trabajar sin derechos ni descanso.
¡Pobre Asmina! sollozó Marcia.
Pero eso es solo el comienzo, queridaconsoló Joao. Ella fue una mujer luchadora y valiente; verás cuando te siga relatando que su vida luego mejoró.

3.

Joao se preguntaba cómo seguir su vida ahora que María, su estrella, había muerto. Lloró su dolor en silencio y así sería muchas veces, tratando de mostrar su rostro más compuesto para enfrentar la adversidad. Viudo y con tres hijos por educar, dependía de un trabajo mediocre que pagaba poco pero del cual necesitaba como un desesperado.
“La vida de los pobres es de por sí difícil y más aún si eres un faveleiro, marcado casi en la piel por tu condición de habitante de un conglomerado heterogéneo de seres que tienen en común la miseria y la desesperanza”, solía pensar. “Pero tengo mi voluntad y mi honestidad”. Humilde pero con dignidad, esta era una marca familiar. El orgullo de pertenecer a una estirpe de hombres y mujeres luchadores, signados por las cadenas pero siempre procurando romperlas. Cadenas físicas al comienzo, cuando la esclavitud oprimía los cuerpos más no las almas de sus indómitos antepasados, especialmente Asmina. Cadenas que la miseria imponía en su caso, invisibles pero no menos tensas y crueles.
Miraba hacia el horizonte y la belleza paradisíaca de las playas de Río, el mar azulverdoso y los lujosos conglomerados y mansiones de los poderosos parecían burlarse de él. Tan cerca y tan lejos. La Rocinha era vecina del lujo y el confort de los barrios de Sao Conrado y Copacabana y esa cercanía era extraña. Los pobres habían buscado el refugio y la morada en los morros o cerros de la ciudad a falta de soluciones habitacionales en otro lugar. Imposibilitados de pagar viviendas formales, moraban donde podían y así surgieron las favelas.
Los padres de Joao habían llegado allí procedentes del Nordeste brasileño, zona que había sido residencia de la familia desde que Asmina fue desembarcada de un “tombeiro” y adquirida como propiedad por un fazendeiro rico, por los comienzos del año 1800. Era la tierra donde se cultivaba azúcar y café, y la labor intensa y constante quedaba en manos de esclavos y a beneficio de ricos hacendados portugueses o brasileños luego de la independencia.
Hasta la liberación de los esclavos en 1888, las labores se hacían en la peor de las indignidades; sin embargo luego de obtener la ansiada y preciada liberación no vinieron mejores oportunidades. La esclavitud mutó en discriminación y destrato. Se tejió una sociedad falsamente democrática donde los pobres eran (y son) en su mayoría negros y por ello la educación y las mejores chances les eran esquivas.
Sus padres migraron a la ciudad encandilados por la idea de una vida mejor, pero no consiguieron romper el círculo de la pobreza. Él mismo y su esposa María habían luchado diariamente por lograrlo y se sacrificaban para que sus hijos aprovecharan las oportunidades de educarse que aparecían dadas por la extensión de las políticas sociales estatales y de organismos no gubernamentales en la última década. Ahora debía remar el barco familiar en soledad.
La dificultad era evidente, pues necesitaba que el hijo mayor colaborara con la manutención del hogar y cuidado de los más pequeños. Su magro salario apenas cubría las necesidades básicas. “Hasta que podamos organizarnos mejor” se prometió. Marcia y Ronaldo debían asistir a la escuela y estar el mayor tiempo posible en contacto con la cultura, los maestros y los libros. Costara lo que costara, debían progresar.
Oye, Yairle explicó un día no muy lejos luego de la tragedia. Cuando me vaya a trabajar tú quedarás a cargo de tus hermanos. Eres mi mano derecha y debemos procurar que ellos estudien. No puedo dejarlos más bajo el cuidado de los vecinos.
Lo sécontestó el chico con seriedad. Trataré que todo esté bien, lo prometo.
No quiero que dejen de asistir a la escuela por ningún motivo. Ellos deberán ayudar en las tareas de la casa. No deben salir ni exponerse a nada.
La sombra que cruzó en los ojos de Yair y su hipo ahogado lo conmovió y lo abrazó con fuerza. Un adolescente obligado a madurar y tomar las riendas del hogar a la sombra de una reciente tragedia.  Era un peso considerable que imponía a su hijo adolescente, solo tenía quince años. Pero lo sabía serio, responsable y fuerte como para soportarlo. Era muy similar a él mismo.
La situación vivida por ellos no era poco corriente en la Rocinha y otros barrios como ese. Hasta hacía algunos años la vida era modesta y difícil desde lo material, pero a comienzos de los ’90 las bandas de tráfico de drogas y armas habían buscado amparo en los morros y en la desordenada red de calles y casas amontonadas que ascendían por la ladera de los cerros y estructuraban las favelas. Al amparo del lugar se habían fortalecido y habían habituado a los faveleiros al miedo, la delincuencia y los enfrentamientos.
La lucha entre las bandas por el control de las zonas lo había empeorado todo. De hecho los sucesos recrudecieron y su María había muerto fruto de las balas que enfrentaron a los “soldados” del Comando Vermelho con los Amigos Dos Amigos, las dos más grandes. La noche era escenario frecuente para estos asaltos y sus miembros tentaban diariamente a los jóvenes sin expectativas ni esperanza de una vida mejor, incitándolos al tráfico como mulas o soldados del crimen, y en el caso de las mujeres a la prostitución y la trata de blancas.
Este era el principal miedo de Joao; confiaba en los valores que procuraba enseñar pero conocía el caso de muchos a quienes las tentaciones permeaban. “Nuestra familia no es de ladrones o asesinos traficantes, es de trabajadores y luchadores. Qué así sea siempre” pensaba y rezaba.
Para los varones las opciones podían ser más amplias pero ser mujer y además negra era una suma complicada en la sociedad en que vivían y reducía dramáticamente las chances. Por ello su obsesión y su misión como padre sería fortalecer a Marcia. Dedicaría los años que le quedaban de vida para hacerlo.



Capítulo 2.

1.

La niñez y adolescencia de Marcia fue tan normal como puede esperarse para una pequeña criada sin la figura materna. La extrañaba: sus ojos oscuros siempre tiernos para ella, su sonrisa, sus abrazos y besos. Pero el paso de los meses y años comenzó a hacer efecto y hacia los nueve años era un recuerdo tibio que su padre trataba de mantener claro pero que inexorablemente el tiempo carcomía. En la mente de Marcia, su madre y Asmina parecieron fusionarse y transformarse en la voz de su inconsciente, que cada tanto aparecía para guiarla.
Los tres varones crearon un lazo a su alrededor, un círculo de obstáculos para vínculos o situaciones que la pudieran poner en peligro. El miedo transformó a Joao en un padre sobreprotector y medroso y colocó sobre los hombros de sus hermanos las tareas de guardaespaldas, aún sobre Ronaldo que era más pequeño.
Marcia, por naturaleza sociable, vio restringidos sus juegos y diversiones y su espacio diario transformado en tareas. Ir a la escuela, preparar ejercicios, la toma de la lección que su padre realizaba por más cansado que estuviera, se convirtieron en las acciones diarias. Cada tanto, sin embargo, su carácter rebelde y sus ansias de sana diversión rompían la protección y la libertad llegaba en forma de juegos furtivos y bailes al son de la música que sonaba en buena parte de las casas del barrio. Especialmente cuando el carnaval se aproximaba, hombres y mujeres daban rienda suelta a su pasión por la danza y escaparse a los ensayos de las scolas do samba era una travesura que bien valían las largas reconvenciones y charlas de su padre. La música la conmovía, le llenaba el alma y sus pies danzaban casi como si tuvieran voluntad propia.
No anulaba esto su profunda responsabilidad y la conciencia cada vez mayor que el sueño de su padre era irse de la Rocinha y que su sacrificio y agotamiento diario eran para darle a ellos, y especialmente a ella, un mejor pasar y una educación que los sacara de la pobreza.
La letanía diaria era esa y aún Yair, el mayor de todos y que trabajaba manejando una mototaxi trasladando pasajeros de la base a la cúspide del morro y al revés, era incentivado a asistir a clases. No le gustaba ni era bueno para las letras y los números, solía decir que no eran lo suyo y se había retrasado bastante. Pero Joao insistía con obcecación, convencido que le brindaba herramientas y a la par le quitaba tiempo para andar por las calles de la favela expuesto a la seducción de las bandas al consumo de drogas y venta.
 Quienes se rendían y convertían en miembros eran jóvenes que ganaban más dinero que el promedio pero su esperanza de vida era limitada, por los enfrentamientos y peligros. Entre los temores más grandes de Joao estaba que sus hijos, huérfanos de la contención de una madre y mucho tiempo solos por su trabajo cedieran a estos peligros. Confiaba en sus principios y ejemplo pero no soltaba las riendas y por eso a veces parecía tirano.
Cada vez que podía llevaba a Ronaldo y Marcia con él a su empleo en el vecino y coqueto barrio de Sao Conrado. Se desempeñaba como botones en un lujoso hotel sobre la playa y los fines de semana la tarea recrudecía por la afluencia de turistas deseosos de disfrutar del sol y el mar carioca, además de los atractivos más emblemáticos de Río.
Al cuidado de otros empleados del lugar que se compadecían de Joao o esperando en la playa de Gavea al frente del hotel otro rato, los niños volvían a ser tales, disfrutando del aire y las olas, mezclándose con la heterogénea masa de gente de distintos idiomas, colores y status.
Marcia se sentía feliz y segura, libre de las presiones diarias y se sumía en los juegos con avidez. Su hermano se mezclaba en los picados de futbol playero, su pasión, como no podía hacerlo en las estrechas callejuelas de la Rocinha. Ni siquiera las recomendaciones estrictas de Joao de no molestar a los turistas o mezclarse con los blancos opacaban la sensación de libertad.
Marcia entendía los recelos de su padre; más de una vez había escuchado que los tildaban con desprecio de “negros favelados” o cerraban círculo sobre sus pertenencias si los veían acercarse. Le disgustaba y miraba con altivez a quien lo hacía, alejándose con la mayor dignidad posible, procurando evitar que se trasluciera el golpe al orgullo que suponía ser evitada o humillada.
La primera vez que lo sufrió le caló muy hondo. Había acercado con gentileza una pelota perdida por una familia y en lugar de gracias recibió un insulto y un empujón que la arrojó al suelo. Trató de aclarar que solo ayudaba y un sollozo angustiado le quebró la voz. Afortunadamente su hermano le tendió la mano e impidió que todo continuara.
Esto puede ocurrirte muchas veces, mi niñaseñaló su padre con pena cuando le relató el suceso. El peso de la discriminación es grande y nos excluye de muchos lados. Está en ti hacerte fuerte y ponerte una coraza que impida que te lastime o frene tus sueños.
¿Te sucedió muchas veces?
Todo el tiempo, mi amor. Trabajo en una zona selecta donde la mayoría de la población es blanca y rica y cree que las personas negras no somos más que objetos que estamos a su servicio.
¡Pero la época de los esclavos como Asmina ya pasó!
No hay esclavitud, pero no te engañes. No nos tratan como iguales. No todos, pero sí muchos. Claro que no es lo mismo que la esclavitud, pero…
¡ Si hoy es tan injusto cuan terrible debe haber sido vivir como Asmina!

2.

Esa noche sus sueños volvieron a traer a la esclava. Una larga fila de hombres y mujeres negros con grilletes se movía con lentitud, a la par que dos o tres hombres con látigos imponían disciplina a aquellos que ni siquiera tenían fuerzas para caminar.
Acababan de ser bajados del barco que los había transportado por semanas en un viaje atroz, un calvario inimaginable de muerte, hambre, dolor y mugre. Los revisaban ahora con cuidado: dientes, estructura, tamaño, tal como animales prontos para ser exhibidos. La cuarentena obligatoria a la que serían sometidos posteriormente para salvaguardar a los pobladores locales de posibles pestes traídas del África o adquiridas en el trayecto, era apenas el prolegómeno del infierno.
Pronto el sueño cambió de escenario y veía ahora a Asmina en un estrado, apenas vestida, y un individuo gritando números y alabando la condición de “negra fuerte y joven” que daría muchas horas de trabajo e hijos. Debajo una importante cantidad de hombres trajeados y mujeres de enormes vestidos miraban y ofertaban sobre el humillado y expuesto cuerpo de aquella morena africana, que procuraba mirar firme al frente y no mostrar el miedo y el terror que sin duda sentía. Marcia lo experimentó como algo físico, sin embargo, que le permitió empatizar con la pobre mujer. Esto era infinitamente peor que su sensación de humillante segregación en la playa.
“Yo sí estuve sola y fui tratada como el peor objeto del mundo” miró hacia ella y murmuró la esclava. “Nadie para consolarme o alentarme o decirme que todo mejoraría. Salvo estos compañeros de situación. Huérfanos de familia, patria y privados de libertad para vivir y soñar. Aún así luchamos y no permitimos que quiebren nuestro espíritu. ¿Sientes que te destratan y pisotean? Verás que muchas veces será así. Pero tienes mucho más de lo que yo nunca tuve: una familia que te quiere y te va a proteger siempre, la libertad física y mental de soñar y ser lo que te propongas. Ir tan lejos como puedas, romper las barreras que quieran imponerte. Buscar alternativas para cumplir tus sueños y vivir tu vida según tus códigos. ¡Endurécete, nadie va a regalarte nada!”.
No todo lo que le dijo lo entendió con claridad a sus nueve años, pero la intensa y constante prédica a lo largo del tiempo echaría raíz y la ayudaría a confrontar a quienes solo veían en ella una mujer negra y pobre, sin otra expectativa que sobrevivir limpiando pisos o vendiendo su cuerpo.
El transcurso de los años fue haciendo que dejara de prestar atención a las humillaciones y desarrollara una falsa y externa inmunidad. Se dedicó a apreciar descriptivamente cómo vivían los más afortunados y generarse así una meta, un horizonte de necesidades y ambiciones que serían las que la llevarían a luchar con crudeza para romper las cadenas de la pobreza.
El confort de un baño con todos los servicios y lujos, sin problemas de evacuación de las pestilencias; sentarse en cómodos sillones de cuero en vez de en las altas sillas de madera sin lustrar; energía eléctrica limpia y sin necesidad de pésimos y peligrosos cableados para colgarse de la red formal; comida variada y abundante, joyas y diversiones (cine, teatro, lectura); todo eso y más la fascinaba de Sao Conrado. Iba y venía  por las instalaciones del hotel acompañando al personal de servicio y admiraba los costosos vestidos, carteras, zapatos y abrigos de las afortunadas que todo lo tenían. Y se decía que ella también lo lograría, un día. Un día.
Volver a la favela luego de tan intensa exposición al brillo de otros siempre tenía un dejo de acidez, pronto suplantado por la alegría de estar en familia, aún en una edificación humilde. No era ambición descarnada e individualista la que se forjó; siempre imaginó lo mejor para ella y los suyos.
Tenía su particular encanto el submundo en el que vivía, sin embargo. Lejos del oropel de las grandes mansiones y hoteles, la vida latía en los callejones empinados y escalinatas que trepaban el morro. Subir a lo más alto de la colina cubriendo los escalones con rapidez permitía a Marcia acceder casi al techo de Río de Janeiro. A los pies, una visión fantástica e impagable de los cerros, el mar, las luces y las estrellas. “Esto si no lo disfrutan esos ricachones de Sao Conrado” solía comentar su padre.